Bueno, he estado ausente durante exactamente un mes, y lo único que puedo hacer es pedir perdón. Sé que ya empieza a sonar a cuento, a veces hasta a mí misma me cuesta creerlo, pero debo hacerlo, porque es la pura verdad. Hace poco terminé con los exámenes, y he estado un poco perdida del mundo para descansar de verdad, pero aquí estoy de nuevo, a un día de empezar las clases de nuevo.

Me voy a poner un poco nostálgica, y es que hace un tiempo me puse a pensar en lo que ha cambiado todo en estos años, así que decidí escribirlo y ahí va.

Odio la teoría con toda mi alma. A veces me pregunto por qué hice un bachiller de letras puras, pues eso implica teoría pura y dura, algo con lo que me ha costado lidiar desde que tengo uso de razón. Soy más de práctica, eso es más dinámico. A fin de cuentas eso no importó mucho, porque mirad donde terminé, en una carrera de ciencias, de las más difíciles, y complicándome la vida como tiendo a hacer siempre. ¿No os pasa que a la hora de tomar decisiones realmente importantes que implican vuestro futuro nunca sabéis lo que realmente queréis? ¿Y cuando al fin tomáis una, sobre todo si ha aparecido casi de la nada, sentís que fue la errónea? A mi me pasa constantemente, no paro de pensar si realmente elegí bien esta carrera, si no hubiese estado mejor en una acorde a lo que hice en el instituto, entonces quizás mi vida estudiantil sería más fácil. Pero no es algo de ahora, es algo que me pasa desde siempre. Cuando en 2º de la ESO me dieron un papel para elegir una optativa, estuve todo un día pensando qué iba a coger, si Francés, Alemán o Cultura Clásica. Una simple optativa, que no condiciona para nada (pensaba yo) me costó todo un día. Al final escogí Alemán, porque pensé que sería bueno aprender otro idioma, y quería huir del Francés. Cultura Clásica me sonaba a teoría, así que quedó descartada desde el primer momento.

Llegó 3º de la ESO y ¿a que no sabéis que? Resulta que aunque había bastante gente que había cogido Alemán, no se pidió un profesor para ello, así que simplemente nos distribuyeron como pudieron entre Francés y Cultura Clásica. Decepción fue lo primero que pasó por mi cabeza en cuanto nos dijeron esto; después vino conformismo, pues a pesar de odiar la teoría, odiaba más el Francés, así que me quedé donde estaba.

Debo decir que aunque estaba conforme con la decisión que otros habían tomado por mí, no me hacía mucha gracia, ni lo hizo el resto del curso, pero al menos saqué la parte positiva de eso: éramos solo dos chicas en esa clase, el resto chicos, y gracias a esas horas pude conocer a la otra chica más, a pesar de haber pasado el colegio juntas, y desde entonces no nos separamos hasta que terminó el instituto. Conocí a una profesora increíble que nos hacía pensar no solo en lo que ponía en los libros, sino en la vida, y nos enseñó a verla de otra manera, sin tapujos y con una sinceridad que escandalizaría a algunos, pero que a nosotros nos encantaba; a lo mejor ese no es el trabajo de los profesores, a lo mejor ellos simplemente deben limitarse a lo que pone en los libros, pero cuando realmente se salen de esa línea y tratan a sus alumnos como iguales, no pierden ese respeto que imponen, al contrario, ganan aún más, como profesores y como personas.

En fin, que esa fue mi primera decisión “importante”, y a pesar de que otros terminaron decidiendo por mí, y que no terminaba de convencerme, al final no me arrepentí de haber terminado en esa clase.

La siguiente fue en 3º de la ESO, debía decidir qué tipo de 4º iba a coger; mi vagueza terminó decidiendo por mí, y cogí el más fácil. No es que ese año me matase realmente, porque Música no es que me diera dolores de cabeza, Plástica se me daba bien y me encantaba, y las Matemáticas nunca fueron un problema para mí.

Cuando llegó el momento de escoger el bachiller, me dejé llevar por el gusto que le cogí al latín, por eso me fui por esa rama, pero me hubiese gustado que alguien me dijese de qué iba cada bachiller en su momento, porque quizás hubiese cogido el de ciencias y no el de letras.

Desde 2º de la ESO tenía claro que iba a estudiar Administración y Dirección de Empresas (ADE), pero cuando empecé el bachiller lo primero de lo que me enteré es que para esa carrera era necesario el de Ciencias Sociales por lo menos. Para algo que tenía claro desde el principio va y se me jode por una elección incorrecta.

A partir de ese momento mi vida se concentró en decidir qué carrera estudiar. No fue un camino fácil, pues lo que me gustaba estaba fuera de mi alcance, como Medicina, y mi elección de bachiller me cerraba bastantes puertas; la elección quedaba al final entre Derecho y Turismo. Y entonces llegó mi escape: las becas Monbukagakusho.

Cuando pensaba en tener la oportunidad de pasarme 3 años en el país que se había vuelto una obsesión para mí, sola, no lo dudé ni un momento. Reuní todos los papeles necesarios, incluso la carta de recomendación de mi tutor, quien no sabía inglés, pero que colaboró con mucho gusto. Esa es otra de las personas que nunca olvidaré. Se comportaba como un loco, era muy excéntrico y contaba las cosas de una manera diferente, hacía comparaciones surgidas de la nada que en su momento no tenían lógica, pero que siempre desembocaban en algo con mucho sentido y que hacían reflexionar cómo son de simples algunas cosas que nos parecen complicadas.

Cuando fui a Madrid a llevar todos los papeles, tuve la oportunidad de hablar con una de las personas responsables de seleccionar a los candidatos, y esto me hizo darme cuenta de lo que realmente implicaba obtener esa beca, y por primera vez, aunque nadie nunca lo supo hasta hoy, tuve miedo. Miedo de verme en un país tan estricto en el que tenía que seguir las normas o largarme, miedo de verme en esa situación sola, miedo de no conocer a nadie, miedo de no entender ni tan siquiera lo que me decían, miedo.

Al poco tiempo supe que no había sido seleccionada, y a pesar de sentir un poco de frustración, en el fondo me alegré; quizás aún no estaba preparada para aventurarme en algo tan grande, eso es lo que pensé en ese momento, más adelante en mi viaje a Liverpool me daría cuenta de que llegar a un país desconocido, solo, donde no tienes nada ni a nadie no es una sensación tan agradable como esperaba, pero ningún comienzo es fácil.

Ahora me quedaba la parte más difícil: escoger entre Derecho y Turismo. Sabía que con Derecho tenía más oportunidades porque no tiene límite de plazas, pero de nuevo se me vino a la mente el torrente de teoría, y quedó descartada. Recuerdo el día de jornadas abiertas de la ULL, donde todos fuimos a las charlas de las carreras que queríamos entrar, y de donde de mi grupo de compañeros fui la única que salió contenta. Estaba decidido, iba a hacer Turismo.

Resulta que tan decidido no estaba, pues mi nota de PAU no me permitió aparecer en el primer listado de adjudicación de plazas, ni en el segundo, así que empezaba a barajar mis opciones...de nuevo.

De pronto un día, como de la nada, se me cruzó por la mente preguntarme si aquí había carrera de informática, pues los ordenadores siempre me han gustado mucho. Me informé, pregunté si yo, de letras, podía entrar a una carrera de ciencias. La secretaria me dijo que poder podía, porque no había límite de plaza, pero me iba a costar por el hecho de traer asignaturas que debía haber visto parte en el instituto. No me importó, y fui a buscar el sobre de la matrícula. Ya lo tenía lleno, y a punto de entregar, cuando de repente aparecí en la última lista de adjudicación de Turismo.

Tiré el sobre a la basura y fui a Empresariales a coger el sobre de la que iba a ser mi carrera durante los próximos 4 años. Ya os lo he dicho, me gusta complicarme la vida, y en vez de irme directamente a mi casa volví a la Facultad de Informática a por un sobre de matrícula nuevo. En cuanto cerré la puerta de mi habitación puse ambos sobres en el escritorio y los miré durante horas, pensando los pros y los contras.

Al final me cansé, y me puse a mirar cosas en internet. De repente, como una especie de “revelación”, apareció en una página la información de las becas Vulcanus para ingenieros, para trabajar un año en una empresa asiática. A pesar del miedo, nunca renuncié a buscar alguna forma de irme a Japón, preferentemente de larga estancia, y esto lo era, así que rellené el de Informática de nuevo, y al día siguiente lo entregué.

Se acabó lo que se daba. Ya no lo podía pensar más. Quedé matriculada, y se acabó el asunto. A veces desearía poder viajar en el tiempo y decirme a mi yo del pasado que me metiera a cualquier otra cosa, no a Turismo, pero por ejemplo a Filología Inglesa, o a Magisterio, o a un ciclo superior; cualquier cosa menos lo que se me pasaba por la cabeza en esos momentos.

Pero eso no es posible, y supongo que todo pasa por alguna razón: he conocido gente increíble y me he dado cuenta de que cuando quiero algo lo consigo me cueste lo que me cueste gracias a esas elecciones, correctas o no.

Siempre intento ver el lado positivo de las cosas, eso me lo enseñaron esas tres personas que mencioné más arriba, la chica de Cultura Clásica, y los dos profesores. Desde entonces siempre he tenido una actitud de pasotismo positivo, en el sentido de que las cosas que a muchos enfurecen, a mi me dan igual, siempre que las pueda solucionar. Que suspendo un examen, pues la próxima lo apruebo. Que quedo envuelta en un problema que no es mío, pues a resolverlo. Que me caigo, pues me levanto. No me amargo por nada, porque a lo mejor la vida no es fácil, pero si nos empeñamos en hacerla más fácil, tarde o temprano lo conseguimos, y a lo mejor nos llevamos disgustos, porque no todo es un camino de rosas, pero al final veremos como todo se resuelve.

El otro día estaba hablando con mi madre, no recuerdo qué me estaba diciendo exactamente, y esta fue nuestra conversación:

Yo: “Bah, da igual”

Mamá: “A tí todo te da igual ¿no?”

Yo: “Si, por eso soy feliz”

Mamá: “Ya lo sé hija”

Nunca se sabe; desde que conocí a esas tres personas siempre llevo estas tres palabras en mi boca que me ayudan a seguir y a esperar lo que venga, sea lo que sea, pero con una sonrisa.